Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Jueves, 17 enero 2019
Informe Especial
Jóvenes y mujeres en el medio rural

ESPAÑA.- El ministro de Agricultura Luis Planas se reunió el primer lunes de año con la comisionada para el Reto Demográfico, Isaura Leal, con quien ha abordado los avances en el proceso de elaboración de una Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico, en la que colaboran todos los Ministerios en sus ámbitos de competencia, para afrontar los desafíos demográficos, siendo el principal de ellos el despoblamiento territorial.

En este encuentro, el ministro ha planteado la contribución del Departamento en la realización de la Estrategia Nacional, en lo relativo a los procesos de despoblación del medio rural.

Entre las medidas previstas, Planas ha destacado el apoyo al mantenimiento de jóvenes y mujeres en el medio rural, con medidas que mejoren las condiciones de vida y el empleo, así como el apoyo al empoderamiento de la mujer en el medio rural, incorporando la perspectiva de género en las negociaciones de la PAC post 2020 y la revisión de la Ley de Titularidad compartida.

También ha resaltado el ministro la promoción de inversiones y mejores condiciones de vida en el medio rural a través del Programa de Desarrollo Rural Nacional cofinanciado con el FEADER y el fomento de la digitalización del sector primario, yo, cuando voy a mi pueblo no tengo cobertura ni puedo trabajar con Internet. En este ámbito Planas ha recordado que el Ministerio está elaborando una Agenda de digitalización para el sector agroalimentario y forestal y del medio rural, para impulsar la transformación digital del medio rural y el desarrollo de territorios rurales inteligentes.

Complementando estas medidas, y junto al apoyo al tránsito hacia una economía rural inteligente, con la apuesta por la innovación en el medio rural y con el diseño de una política forestal adecuada.

Otra colaboración del Ministerio en el marco de la Estrategia ha sido la creación de un Foro Nacional contra el despoblamiento del medio rural, como punto de encuentro entre los actores implicados para el estudio y toma de decisiones, cuya primera reunión ha tenido lugar el pasado mes de octubre.

Estas y otras actuaciones del Ministerio, ha subrayado Planas, estarían diseñadas y orientadas a mejorar la sostenibilidad socioeconómica y medioambiental del medio rural, contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, haciendo más atractivo su asentamiento en estos territorios y contribuyendo a afianzar un tejido socioeconómico que frene el proceso de despoblación de una gran parte del territorio rural español.

Espero que estos principios tan generales y amplios no queden en buenas palabras, hay realidades que son necesarias ya. (http://www.ideasclaras.org).

Jesús Domingo

 
Sin cultura el mundo aburre

Muchos personajes aprecian los buenos libros. Citamos algunos. Borges escribió: “Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”. Thomas Carlyle afirma: “La verdadera universidad en nuestros días consiste en una colección de libros”. Ricardo León enfatiza: “Los libros me enseñaron a pensar, y el pensamiento me hizo libre”. Una mujer famosa, Elizabeth Barrett B. dejó dicho: “Ningún ser humano que tenga a Dios y tenga libros tiene derecho a considerarse falto de amigos”. Günter Grass observa: “No hay espectáculo más hermoso que la mirada de un niño que lee”. Nuestro filósofo José Vasconcelos oaxaqueño pensaba así: “Un libro, como un viaje, comienza con inquietud y se termina con melancolía”.

Hay libros que le cambian a uno la vida, como le sucedió a san Agustín con el Hortensius, de Cicerón. Aunque no todos los libros van a marcar un antes y un después tan neto en nuestra vida, lo que leemos nos cambia: nos afina el alma, o nos la embota; nos abre horizontes o nos los estrecha. Nuestra personalidad refleja de algún modo los libros que hemos leído como los que no hemos leído.

Quien a lo largo de los años se nutre de lecturas selectas, clásicas, adquiere una mirada abierta sobre el mundo y las personas, sabe medirse con la complejidad de las cosas, y desarrolla la sensibilidad necesaria para dejar de lado la banalidad y no pasar de largo ante la grandeza.

Hablar de lo que se lee enriquece la vida familiar y las conversaciones con amigos. La cultura general abre al mundo de la conversación. Sin cultura, todo este mundo aburre, y acaba siendo ajeno. Se acaba viviendo sin saber qué sucede. (Juan Luis Lorda, Humanismo. Los bienes invisibles, Rialp, Madrid 2009).

Por muchas razones los libros ocupan un lugar fundamental en la vida cultural de los hombres. Los argumentos, historias, ejemplos y metáforas que aprendemos en los libros llenan de razones y de palabras nuestro andar diario. Las actitudes que desarrollamos en la lectura –deseo de aprender, búsqueda permanente, discernimiento, descubrimiento de conocimientos nuevos– ayudan a enriquecer la interioridad propia y las conversaciones.

“En la ciencia, lea de preferencia los trabajos más nuevos; en literatura haga lo contrario. Los libros clásicos siempre son lo más moderno que encontrará”, escribía el novelista Edward Bulwer-Lytton a un amigo que le consultada sobre lecturas.

En los libros aprendemos a transmitir conocimientos, a expresar sentimientos, a compartir experiencias. En particular, los grandes libros ayudan a comprender con mayor profundidad el alma humana. Los grandes genios del arte literario son aquellos que han acertado a contar el drama que acontece en el corazón del hombre de todos los tiempos: el amor y el dolor, la miseria y la grandeza y la lucha del corazón. De entre todos los libros, los mejores son los clásicos. Clásico es aquel libro que se ha convertido en muestra representativa de la época en que fue escrito y que marcó el camino para las siguientes generaciones de escritores y de lectores. Estos clásicos son como puertos adonde todo lector puede llegar para quedarse largo tiempo, cuando se ha fatigado en el mar de las novedades editoriales. Entre los autores clásicos están: Dante Alighieri, Homero, Horacio, Esquilo, Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Charles Dickens, Dostoyewski, Tolstoi, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Saint-Exupery, Tolkien, etc.

Los grandes libros permiten compartir experiencias de gran valor; permiten conocer personalidades como la de Hamlet o la de don Quijote; descubrir, a través de las mitologías antiguas, tentativas de respuesta a interrogantes existenciales; disfrutar con el amor a la naturaleza que late en las novelas de Tolkien; acercarse a la Roma de Nerón con Henryk Sienkiewicz; penetrar en el proceso de una conversión como en Las confesiones de San Agustín, o en la búsqueda de sentido de Viktor Frankl.

El encuentro con un libro supone para millones de personas el umbral de entrada al mundo de la verdad, de la belleza y de la libertad. Más aún, la vida del mismo Dios nos ha sido narrada en un libro.

El cultivo de las humanidades ayuda a adquirir hábitos de contemplación estética o intelectual. La Literatura, la Historia, la Filosofía, el Arte y tantas otras disciplinas, cultivan aspectos de la inteligencia o de la sensibilidad, tan importantes que un personaje dijo: “Quien olvida las humanidades se hace enemigo de la humanidad”.

Un libro no es sólo un producto, y el lector no es sólo un consumidor; se da una especie de diálogo entre ambos. Las lecturas condicionan nuestro modo de pensar; y éste determina nuestra forma de vivir, por eso es fundamental elegir bien. Las decisiones en este campo no son actos moralmente indiferentes, porque las consecuencias no lo son. Hemos de ser prudentes al elegir nuestras influencias. Hay que saber elegir pues la vida es corta y no podemos leer todo.

Rebeca Reynaud  (http://www.ideasclaras.org)

 
Se acabaron los secretos

El secreto de las comunicaciones fue el resultado de una larga lucha. Los tiranos siempre han tratado de poner sus zarpas sobre lo que piensan sus súbditos y mucho más sobre lo que escriben. Cuando con la modernidad, en los siglos XVI y XVII, el correo comenzó a convertirse en un medio de comunicación cada vez más accesible, las monarquías absolutas trataron de controlar todo lo que circulaba por ahí. Y tenían razón en temer ese libre y discreto intercambio de ideas, porque la Ilustración hubiese sido imposible sin él.

Cuando se descubrió el escándalo de la interceptación masiva de las comunicaciones por parte de Estados Unidos, el historiador de la criptografía, David Kahn, explicó que las primeras regulaciones del secreto postal se introdujeron en Austria en 1532 y 1573 y en Prusia en 1685. Los sátrapas, naturalmente, se resistían como Oliver Cromwell, que consideraba que abrir las cartas ajenas era la mejor manera de descubrir “malvados complots”. Durante el siglo XX, los adolescentes se ganaron el derecho a hablar en privado, mientras que el secreto postal pasaba a convertirse en un derecho humano. El artículo 12 de la Declaración Universal reza: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su domicilio o su correspondencia”. Pero todo eso forma parte del pasado.

Por una preocupante mezcla de estulticia y tecnología, casi 500 años de privacidad en las comunicaciones han pasado a la historia. Estupidez porque millones de usuarios hemos entregado, con entusiasmo, nuestros datos privados a las redes sociales y otros gigantes de Internet que se han ocupado de procesarlos, distribuirlos y venderlos. Y aquello que no regalamos, se encuentra a merced de los piratas.

El hackeo masivo que padeció Alemania hace unos días, que alcanzó a la mismísima canciller Angela Merkel, es el último ejemplo de un mundo en el que el secreto postal se ha esfumado. Tras cientos de años dedicados a lacrar y a sellar cartas con los métodos más ingeniosos y seguros posibles, tenemos que aprender a convivir con la certeza de que cualquier cosa que pongamos en un mensaje, da igual que sea un correo electrónico o un WhatsApp, o que pensamos que está a buen recaudo en la nube digital —donde se guardan nuestras fotos o nuestros textos—, puede convertirse en público. Es el sueño de cualquier tirano y se lo hemos entregado gratis.

Guillermo Altares. El País (España).

 
Trump: el fin del principio

Donald Trump está acechado por las caídas de la Bolsa y el miedo a una pronta recesión, el inminente informe del fiscal especial sobre la trama rusa, y la entrante mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Puede ser el fin del principio. Para que se convierta en el principio del fin, Trump debería ser desafiado dentro del Partido Republicano con vistas a la elección presidencial dentro de dos años.

A pesar del nerviosismo en momentos como el actual, en la política americana hay normas de comportamiento electoral que se cumplen con gran regularidad y permiten anticipar y evaluar posibles acontecimientos, especialmente con respecto a las condiciones de continuidad del presidente en ejercicio. Algunas de las leyes empíricas que son ahora relevantes se pueden expresar de la siguiente manera:

Primero, cuando el partido de un presidente en el cargo se presenta a la reelección, gana (ha sucedido ocho de diez veces desde la Segunda Guerra Mundial).

Segundo, tras dos mandatos del mismo partido en la presidencia, el otro partido gana (ha sucedido siete de ocho veces).

Tercero, en las elecciones intermedias al Congreso, el partido del presidente pierde escaños en al menos una Cámara (ha ocurrido 17 de 19 veces).

Estas tres leyes han sido confirmadas durante el ciclo electoral más reciente: el presidente Barack Obama fue reelegido; tras dos términos del presidente demócrata, ganó el republicano Trump; y en las elecciones intermedias de hace unas semanas, los republicanos perdieron escaños.

Esto significa que el terremoto político que muchos han sentido en los últimos dos años ha afectado principalmente a los partidos más que a las regularidades del sistema. De hecho, el Partido Republicano es casi irreconocible en comparación con décadas anteriores. La continuidad política de los demócratas, a su vez, también ha comenzado a ser cuestionada por nuevos candidatos y congresistas no convencionales, especialmente mujeres, y cabe esperar más novedades en los próximos meses.

Pero hay otra ley más que pronto se someterá a prueba. De hecho, es un complemento de la primera: cuando un presidente en el cargo se presenta a la reelección, gana, sí, pero siempre que no sea desafiado por algún miembro de su partido que obligue a celebrar primarias.

Siempre que un presidente ha sido desafiado como candidato a la reelección, aunque haya ganado las primarias, él o su partido han perdido la elección posterior.

Esto sucedió tres veces en los agitados años sesenta y setenta: el presidente demócrata Lyndon Johnson fue desafiado por varios precandidatos en su partido, incluidos Robert Kennedy y Eugene McCarthy, se retiró de las primarias y no se presentó a la reelección; el presidente republicano no electo Gerald Ford fue desafiado por Ronald Reagan hasta llegar a una convención sin mayoría inicial y luego perdió la elección; el presidente demócrata Jimmy Carter fue desafiado por Edward Kennedy y, aunque ganó las primarias, también perdió la elección. Sucedió de nuevo a principios del decenio de los años noventa, cuando el recientemente fallecido George H. W. Bush fue desafiado por Pat Buchanan y, a pesar de ganar la candidatura, perdió la elección.

Es decir, en las escasas ocasiones en que hay primarias en el partido del presidente, este goza de una ventaja asimétrica para ganar apoyos desde su plataforma de poder en la Casa Blanca.

Pero la participación en las primarias, que es siempre menor que en la elección presidencial, se concentra en votantes activistas y altamente politizados que tienen preferencias más intensas y extremas que el votante mediano; las críticas y denuncias del presidente tienden a ser agrias e indican al resto de los ciudadanos que el partido está internamente dividido, lo cual revela las debilidades del ocupante del cargo para su reelección.

Si el presidente Donald Trump será desafiado por algún precandidato dentro del Partido Republicano y la erosión que esto le pueda provocar entre los votantes republicanos pronto se verá. Solo si los próximos meses preludiaran primarias presidenciales republicanas, la actual agitación política sería comparable a la de los años sesenta y setenta, cuando se produjo una realineación general de los dos grandes partidos.

Las regularidades del sistema político se mantendrían, pero para Trump podría ser el principio del fin.

Josep M. Colomer. El País (España).

 
Este nuevo o viejo mundo de 2018

La superficie siempre ilumina lo que durante un largo tiempo se vive en penumbra. Y aunque a menudo las causas se buscan en lo más profundo, estas suelen ser sencillas. Lo dijo John Steinbeck al narrarnos otra edad de la ira: “Las causas son el hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón”.

No es poco que hayamos repolitizado por fin la desigualdad al haber constatado una disyuntiva clara: o toda la riqueza se concentra en manos de unos pocos, o bien tenemos una sociedad democrática, pero no ambas cosas a la vez. La riqueza de “los menos” frente a la desposesión de “los muchos” nos condujo a una retórica inevitablemente populista. Se trataba del nuevo ritmo de los tiempos: un movimiento sísmico desencadenado en 2016 por el Brexit y la elección de Trump y cuya irradiación ha dejado una estela global a lo largo de este año. Su propagación en 2018, como si de ondas sísmicas se tratase, encarna todo lo que ha cambiado. Aún hoy seguimos sin entender su extraña complejidad; tan solo podemos percibir que sus elementos desencadenantes estaban ahí desde hace mucho tiempo, aunque vivamos con la sensación de que el mundo acaba de pisar el acelerador.

Habermas lo llamó “descomposición de estilo trumpiano”, un proceso de degradación institucional y política que ha llegado al Brasil de Bolsonaro, pero también al corazón de Europa. El indisimulado desdén por las reglas del juego democráticas empieza a convertir a algunos países en dictaduras electorales. Es el caso de Hungría y Polonia, nos dice Yascha Mounk, pero también de Turquía, Nicaragua o Venezuela. Este fenómeno además forma parte del corazón de la nueva Rusia. Y lo cierto es que el desprecio por la cultura liberal representa el nuevo fantasma que recorre el mundo.

Sucede en el Reino Unido pos-Brexit, donde el discurso del UKIP ha inocu­lado todo el sistema provocando no solo la realineación del centro-derecha, sino un verdadero corrimiento de tierras de todas las fuerzas políticas, incluido el laborismo oportunista y pusilánime de Corbyn. Ocurre también en la Italia de Salvini, un populista sin complejos que ha dejado en fuera de juego a la tercera economía de la zona euro. Y finalmente ha llegado a España con Vox, la versión ibérica de la verborrea “tóxica” —palabra del año según The Oxford Dictionaries—, cuya retórica ultra comienza a ser el modélico espejo en el que se miran todas las derechas españolas.

Son, sin duda, momentos peligrosos, cuando “el pueblo” toma como fetiche la soberanía y se subleva contra la democracia, pero lo cierto es que algo está fallando en el liberalismo. Su discurso, ciertamente paranoico, ha dejado de ser una vía eficaz para canalizar el conflicto, convirtiéndose en un simple muro de contención frente al populismo de los bárbaros ad portas.

Cuando el objetivo se centra en restablecer un orden que se pensaba inquebrantable, en lugar de hacer examen de conciencia, es inevitable contemplarlo, con el excéntrico John Gray, como a “esos cortesanos desaliñados que huyen de Versalles tras la Revolución Francesa, incapaces de procesar el vuelco que se ha producido”. Especialmente si el meollo del asunto se centra, al parecer, en el presunto analfabetismo, xenofobia y racismo de los votantes. Si es verdad que el pueblo es cada vez menos liberal, también lo es que existe un liberalismo ensimismado, representado por políticos aislados de las sociedades que gobiernan.

Pero democracia y liberalismo son dos caras de la misma moneda: el pueblo y los poderes intermedios forman un todo cohesionado que no pueden entenderse el uno sin el otro. Sin embargo, 2018 nos dejará una polarización más: la que enfrenta a iliberales contra quienes se empeñan en convertir al liberalismo en una ideología defensiva, en mera proclama de trinchera, sin más propuestas que la de mantener el statu quo.

“Posverdad” y “populismo” son las palabras que han orientado los análisis de los últimos años. Y en este 2018 avanzamos también en esta senda cuando aprendimos que Cambridge Analytica, la hidra de las campañas de Trump y del Brexit, se había nutrido con más de 87 millones de cuentas de la red social del angelical Zuckerberg. Es ahí donde de nuevo perdimos la inocencia: ¿Quién diablos controla a los controladores? Así que volvimos a las fake news, a la transformación de la conversación pública, la fragmentación del mundo común, la balcanización de la opinión…, a la colonización, en fin, de la lógica institucional por la cultura troll. Todo ello nos ha ayudado a entender la fragilidad de la democracia y cómo, en palabras de Margaret Atwood, “el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana”.

Nos percatamos entonces de que era necesario volver al Contrato Social, a una propuesta que articulase de nuevo algo parecido al interés general ante las fracturas por venir: baby boomers contra millennials, ciudades contra un hinterland cada vez más lejano, lo analógico contra lo digital, con las ruidosas redes sociales desautorizando a unos mediadores crepusculares que pierden su voluntad de dar cuenta del mundo. Y luego está (¡ay!) el triste ego herido de Occidente, que diluye su hegemonía frente a Asia y cuyo temor ante la deslocalización y la merma de competitividad sigue tronando en la famosa y exacta soflama de Trump: “Fui elegido para representar a los habitantes de Pittsburgh, no de París”.

La cuestión no concierne solo al declive de los valores occidentales y nuestra pérdida de influencia sobre el mundo, o que el planeta haya dejado de ser claramente eurocéntrico. Es inevitable preguntarse cómo será el orden global cuando la primera potencia mundial no se gobierne por un sistema democrático, cuando el reto esté en defender nuestros valores frente al desarrollismo autoritario de China, a sabiendas de que las democracias ya no son garantía de crecimiento, estabilidad y bienestar social. ¿Qué hacer, en definitiva, cuando se rompa del todo la virtuosa alianza entre democracia, bienestar y mercado?

La secuencia teórica la inició Thomas Piketty en 2016 con su libro El capital en el siglo XXI: las herramientas conceptuales presentes en el análisis de Marx siguen ahí, perdurando en el año de su 200º cumpleaños. Las lógicas de la dominación económica explican el conflicto político, pero el monstruo de hoy no es ya (o no solo) la fábrica textil explotadora de niños; el monstruo ahora es Goldman Sachs. La utopía marxista que nos dijo que el trabajo se emanciparía del capital ha devenido en su contrario: es el capital el que se ha emancipado del trabajo. Dejamos atrás un año en el que hemos dibujado los contornos de una era postrabajo, con su robotización y digitalización, y un gran dilema: ¿existe un modelo de bienestar para sociedades sin trabajo?

Porque si algo nos ha enseñado 2018 es que esa alternativa no pasa exclusivamente por situar la desigualdad en el centro del análisis político. La voz de los de abajo ha llegado al corazón acústico del sistema para señalar que su juego espacial ya no discrimina entre el centro y los márgenes, sino entre los que permanecen dentro y los expulsados: los que se quedan atrás.

La palabra “desigualdad” no capta la radicalidad de ese movimiento tectónico. No se trata de un sistema atrofiado que orilla a los perdedores en la marginalidad; hablamos más bien de unas lógicas de exclusión que sacan del tablero a los pequeños asalariados: nuestros nuevos excluidos.

Quizá por eso la desigualdad no explica por sí sola la nueva sensibilidad populista. Demasiados temores y fantasías nos hablan de indignidad, de la sensación de no contar nada, de estar fuera. Es el lenguaje que nos acaban de mostrar los chalecos amarillos en Francia, el de unas vidas demediadas donde todas las formas de invisibilidad saltan de pronto con una estruendosa cólera: la nueva manifestación antipolítica expresada con violencia.

Es un camino arriesgado del que también nos advirtió Simone Weil, pues hemos olvidado que “estar arraigado es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana”. Porque se trata de un desarraigo “multiplicado por un millón”: es una casa, una frontera, un muro donde (de nuevo, siempre con Steinbeck) “grabar la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro”. Una identidad contestada desde todas sus posibles aristas nos conduce a buscar chivos expiatorios: migrantes, refugiados, esa otredad que sentimos como amenaza. Y lo más preocupante es ver que esos conflictos se gestan bajo propuestas populistas que tratan de reforzar nuestra identidad desde una idea reaccionaria y esencialista de lo que somos.

El año 2018 nos ha situado en esa encrucijada, y hemos de dilucidar cómo contestar el avance continental de unas fuerzas ultras que amenazan con ocupar el bastión de la Unión Europea cuando nuestros líderes efímeros nos abandonan: una Merkel en retirada, o un Macron asustadizo y silenciado tras los quebradizos muros de la otrora inexpugnable Quinta República.

Pero Europa, lo olvidamos, no es una mera realidad geográfica, sino el estado de ser de una sociedad cuyo carácter fue siempre descubridor, abierto al mundo, preparado para la batalla y la aventura. ¿Será posible perforar una grieta en esta incipiente descomposición trumpiana de Europa? Quizá debamos mirar a las recientes elecciones de medio mandato de nuestro socio americano, las primeras desde la elección de Trump. Frente a la retórica tóxica que quiebra las líneas rojas del debate civilizado, frente al avance del supremacismo y la rabia incontenida de una América que se dice olvidada, crece en el corazón del Partido Demócrata un lento movimiento de base que articula por fin una resistencia no violenta.

El impulso llegó con el #MeToo y sus claroscuros se han consolidado en un 2018 que nos dejó un hito como el 8 de marzo, una renovada conversación global feminista y una palabra: interdependencia. No la olviden: su carga epistémica será esencial para entender este nuevo o viejo mundo que viene.

Máriam Martínez-Bascuñán/El País (España)

 

 
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