Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Viernes, 19 julio 2019
Informe Especial


Sin cultura el mundo aburre

Muchos personajes aprecian los buenos libros. Citamos algunos. Borges escribió: “Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”. Thomas Carlyle afirma: “La verdadera universidad en nuestros días consiste en una colección de libros”. Ricardo León enfatiza: “Los libros me enseñaron a pensar, y el pensamiento me hizo libre”. Una mujer famosa, Elizabeth Barrett B. dejó dicho: “Ningún ser humano que tenga a Dios y tenga libros tiene derecho a considerarse falto de amigos”. Günter Grass observa: “No hay espectáculo más hermoso que la mirada de un niño que lee”. Nuestro filósofo José Vasconcelos oaxaqueño pensaba así: “Un libro, como un viaje, comienza con inquietud y se termina con melancolía”.

Hay libros que le cambian a uno la vida, como le sucedió a san Agustín con el Hortensius, de Cicerón. Aunque no todos los libros van a marcar un antes y un después tan neto en nuestra vida, lo que leemos nos cambia: nos afina el alma, o nos la embota; nos abre horizontes o nos los estrecha. Nuestra personalidad refleja de algún modo los libros que hemos leído como los que no hemos leído.

Quien a lo largo de los años se nutre de lecturas selectas, clásicas, adquiere una mirada abierta sobre el mundo y las personas, sabe medirse con la complejidad de las cosas, y desarrolla la sensibilidad necesaria para dejar de lado la banalidad y no pasar de largo ante la grandeza.

Hablar de lo que se lee enriquece la vida familiar y las conversaciones con amigos. La cultura general abre al mundo de la conversación. Sin cultura, todo este mundo aburre, y acaba siendo ajeno. Se acaba viviendo sin saber qué sucede. (Juan Luis Lorda, Humanismo. Los bienes invisibles, Rialp, Madrid 2009).

Por muchas razones los libros ocupan un lugar fundamental en la vida cultural de los hombres. Los argumentos, historias, ejemplos y metáforas que aprendemos en los libros llenan de razones y de palabras nuestro andar diario. Las actitudes que desarrollamos en la lectura –deseo de aprender, búsqueda permanente, discernimiento, descubrimiento de conocimientos nuevos– ayudan a enriquecer la interioridad propia y las conversaciones.

“En la ciencia, lea de preferencia los trabajos más nuevos; en literatura haga lo contrario. Los libros clásicos siempre son lo más moderno que encontrará”, escribía el novelista Edward Bulwer-Lytton a un amigo que le consultada sobre lecturas.

En los libros aprendemos a transmitir conocimientos, a expresar sentimientos, a compartir experiencias. En particular, los grandes libros ayudan a comprender con mayor profundidad el alma humana. Los grandes genios del arte literario son aquellos que han acertado a contar el drama que acontece en el corazón del hombre de todos los tiempos: el amor y el dolor, la miseria y la grandeza y la lucha del corazón. De entre todos los libros, los mejores son los clásicos. Clásico es aquel libro que se ha convertido en muestra representativa de la época en que fue escrito y que marcó el camino para las siguientes generaciones de escritores y de lectores. Estos clásicos son como puertos adonde todo lector puede llegar para quedarse largo tiempo, cuando se ha fatigado en el mar de las novedades editoriales. Entre los autores clásicos están: Dante Alighieri, Homero, Horacio, Esquilo, Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Charles Dickens, Dostoyewski, Tolstoi, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Saint-Exupery, Tolkien, etc.

Los grandes libros permiten compartir experiencias de gran valor; permiten conocer personalidades como la de Hamlet o la de don Quijote; descubrir, a través de las mitologías antiguas, tentativas de respuesta a interrogantes existenciales; disfrutar con el amor a la naturaleza que late en las novelas de Tolkien; acercarse a la Roma de Nerón con Henryk Sienkiewicz; penetrar en el proceso de una conversión como en Las confesiones de San Agustín, o en la búsqueda de sentido de Viktor Frankl.

El encuentro con un libro supone para millones de personas el umbral de entrada al mundo de la verdad, de la belleza y de la libertad. Más aún, la vida del mismo Dios nos ha sido narrada en un libro.

El cultivo de las humanidades ayuda a adquirir hábitos de contemplación estética o intelectual. La Literatura, la Historia, la Filosofía, el Arte y tantas otras disciplinas, cultivan aspectos de la inteligencia o de la sensibilidad, tan importantes que un personaje dijo: “Quien olvida las humanidades se hace enemigo de la humanidad”.

Un libro no es sólo un producto, y el lector no es sólo un consumidor; se da una especie de diálogo entre ambos. Las lecturas condicionan nuestro modo de pensar; y éste determina nuestra forma de vivir, por eso es fundamental elegir bien. Las decisiones en este campo no son actos moralmente indiferentes, porque las consecuencias no lo son. Hemos de ser prudentes al elegir nuestras influencias. Hay que saber elegir pues la vida es corta y no podemos leer todo.

Rebeca Reynaud  (http://www.ideasclaras.org)

 
Se acabaron los secretos

El secreto de las comunicaciones fue el resultado de una larga lucha. Los tiranos siempre han tratado de poner sus zarpas sobre lo que piensan sus súbditos y mucho más sobre lo que escriben. Cuando con la modernidad, en los siglos XVI y XVII, el correo comenzó a convertirse en un medio de comunicación cada vez más accesible, las monarquías absolutas trataron de controlar todo lo que circulaba por ahí. Y tenían razón en temer ese libre y discreto intercambio de ideas, porque la Ilustración hubiese sido imposible sin él.

Cuando se descubrió el escándalo de la interceptación masiva de las comunicaciones por parte de Estados Unidos, el historiador de la criptografía, David Kahn, explicó que las primeras regulaciones del secreto postal se introdujeron en Austria en 1532 y 1573 y en Prusia en 1685. Los sátrapas, naturalmente, se resistían como Oliver Cromwell, que consideraba que abrir las cartas ajenas era la mejor manera de descubrir “malvados complots”. Durante el siglo XX, los adolescentes se ganaron el derecho a hablar en privado, mientras que el secreto postal pasaba a convertirse en un derecho humano. El artículo 12 de la Declaración Universal reza: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su domicilio o su correspondencia”. Pero todo eso forma parte del pasado.

Por una preocupante mezcla de estulticia y tecnología, casi 500 años de privacidad en las comunicaciones han pasado a la historia. Estupidez porque millones de usuarios hemos entregado, con entusiasmo, nuestros datos privados a las redes sociales y otros gigantes de Internet que se han ocupado de procesarlos, distribuirlos y venderlos. Y aquello que no regalamos, se encuentra a merced de los piratas.

El hackeo masivo que padeció Alemania hace unos días, que alcanzó a la mismísima canciller Angela Merkel, es el último ejemplo de un mundo en el que el secreto postal se ha esfumado. Tras cientos de años dedicados a lacrar y a sellar cartas con los métodos más ingeniosos y seguros posibles, tenemos que aprender a convivir con la certeza de que cualquier cosa que pongamos en un mensaje, da igual que sea un correo electrónico o un WhatsApp, o que pensamos que está a buen recaudo en la nube digital —donde se guardan nuestras fotos o nuestros textos—, puede convertirse en público. Es el sueño de cualquier tirano y se lo hemos entregado gratis.

Guillermo Altares. El País (España).

 
Trump: el fin del principio

Donald Trump está acechado por las caídas de la Bolsa y el miedo a una pronta recesión, el inminente informe del fiscal especial sobre la trama rusa, y la entrante mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Puede ser el fin del principio. Para que se convierta en el principio del fin, Trump debería ser desafiado dentro del Partido Republicano con vistas a la elección presidencial dentro de dos años.

A pesar del nerviosismo en momentos como el actual, en la política americana hay normas de comportamiento electoral que se cumplen con gran regularidad y permiten anticipar y evaluar posibles acontecimientos, especialmente con respecto a las condiciones de continuidad del presidente en ejercicio. Algunas de las leyes empíricas que son ahora relevantes se pueden expresar de la siguiente manera:

Primero, cuando el partido de un presidente en el cargo se presenta a la reelección, gana (ha sucedido ocho de diez veces desde la Segunda Guerra Mundial).

Segundo, tras dos mandatos del mismo partido en la presidencia, el otro partido gana (ha sucedido siete de ocho veces).

Tercero, en las elecciones intermedias al Congreso, el partido del presidente pierde escaños en al menos una Cámara (ha ocurrido 17 de 19 veces).

Estas tres leyes han sido confirmadas durante el ciclo electoral más reciente: el presidente Barack Obama fue reelegido; tras dos términos del presidente demócrata, ganó el republicano Trump; y en las elecciones intermedias de hace unas semanas, los republicanos perdieron escaños.

Esto significa que el terremoto político que muchos han sentido en los últimos dos años ha afectado principalmente a los partidos más que a las regularidades del sistema. De hecho, el Partido Republicano es casi irreconocible en comparación con décadas anteriores. La continuidad política de los demócratas, a su vez, también ha comenzado a ser cuestionada por nuevos candidatos y congresistas no convencionales, especialmente mujeres, y cabe esperar más novedades en los próximos meses.

Pero hay otra ley más que pronto se someterá a prueba. De hecho, es un complemento de la primera: cuando un presidente en el cargo se presenta a la reelección, gana, sí, pero siempre que no sea desafiado por algún miembro de su partido que obligue a celebrar primarias.

Siempre que un presidente ha sido desafiado como candidato a la reelección, aunque haya ganado las primarias, él o su partido han perdido la elección posterior.

Esto sucedió tres veces en los agitados años sesenta y setenta: el presidente demócrata Lyndon Johnson fue desafiado por varios precandidatos en su partido, incluidos Robert Kennedy y Eugene McCarthy, se retiró de las primarias y no se presentó a la reelección; el presidente republicano no electo Gerald Ford fue desafiado por Ronald Reagan hasta llegar a una convención sin mayoría inicial y luego perdió la elección; el presidente demócrata Jimmy Carter fue desafiado por Edward Kennedy y, aunque ganó las primarias, también perdió la elección. Sucedió de nuevo a principios del decenio de los años noventa, cuando el recientemente fallecido George H. W. Bush fue desafiado por Pat Buchanan y, a pesar de ganar la candidatura, perdió la elección.

Es decir, en las escasas ocasiones en que hay primarias en el partido del presidente, este goza de una ventaja asimétrica para ganar apoyos desde su plataforma de poder en la Casa Blanca.

Pero la participación en las primarias, que es siempre menor que en la elección presidencial, se concentra en votantes activistas y altamente politizados que tienen preferencias más intensas y extremas que el votante mediano; las críticas y denuncias del presidente tienden a ser agrias e indican al resto de los ciudadanos que el partido está internamente dividido, lo cual revela las debilidades del ocupante del cargo para su reelección.

Si el presidente Donald Trump será desafiado por algún precandidato dentro del Partido Republicano y la erosión que esto le pueda provocar entre los votantes republicanos pronto se verá. Solo si los próximos meses preludiaran primarias presidenciales republicanas, la actual agitación política sería comparable a la de los años sesenta y setenta, cuando se produjo una realineación general de los dos grandes partidos.

Las regularidades del sistema político se mantendrían, pero para Trump podría ser el principio del fin.

Josep M. Colomer. El País (España).

 
Este nuevo o viejo mundo de 2018

La superficie siempre ilumina lo que durante un largo tiempo se vive en penumbra. Y aunque a menudo las causas se buscan en lo más profundo, estas suelen ser sencillas. Lo dijo John Steinbeck al narrarnos otra edad de la ira: “Las causas son el hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón”.

No es poco que hayamos repolitizado por fin la desigualdad al haber constatado una disyuntiva clara: o toda la riqueza se concentra en manos de unos pocos, o bien tenemos una sociedad democrática, pero no ambas cosas a la vez. La riqueza de “los menos” frente a la desposesión de “los muchos” nos condujo a una retórica inevitablemente populista. Se trataba del nuevo ritmo de los tiempos: un movimiento sísmico desencadenado en 2016 por el Brexit y la elección de Trump y cuya irradiación ha dejado una estela global a lo largo de este año. Su propagación en 2018, como si de ondas sísmicas se tratase, encarna todo lo que ha cambiado. Aún hoy seguimos sin entender su extraña complejidad; tan solo podemos percibir que sus elementos desencadenantes estaban ahí desde hace mucho tiempo, aunque vivamos con la sensación de que el mundo acaba de pisar el acelerador.

Habermas lo llamó “descomposición de estilo trumpiano”, un proceso de degradación institucional y política que ha llegado al Brasil de Bolsonaro, pero también al corazón de Europa. El indisimulado desdén por las reglas del juego democráticas empieza a convertir a algunos países en dictaduras electorales. Es el caso de Hungría y Polonia, nos dice Yascha Mounk, pero también de Turquía, Nicaragua o Venezuela. Este fenómeno además forma parte del corazón de la nueva Rusia. Y lo cierto es que el desprecio por la cultura liberal representa el nuevo fantasma que recorre el mundo.

Sucede en el Reino Unido pos-Brexit, donde el discurso del UKIP ha inocu­lado todo el sistema provocando no solo la realineación del centro-derecha, sino un verdadero corrimiento de tierras de todas las fuerzas políticas, incluido el laborismo oportunista y pusilánime de Corbyn. Ocurre también en la Italia de Salvini, un populista sin complejos que ha dejado en fuera de juego a la tercera economía de la zona euro. Y finalmente ha llegado a España con Vox, la versión ibérica de la verborrea “tóxica” —palabra del año según The Oxford Dictionaries—, cuya retórica ultra comienza a ser el modélico espejo en el que se miran todas las derechas españolas.

Son, sin duda, momentos peligrosos, cuando “el pueblo” toma como fetiche la soberanía y se subleva contra la democracia, pero lo cierto es que algo está fallando en el liberalismo. Su discurso, ciertamente paranoico, ha dejado de ser una vía eficaz para canalizar el conflicto, convirtiéndose en un simple muro de contención frente al populismo de los bárbaros ad portas.

Cuando el objetivo se centra en restablecer un orden que se pensaba inquebrantable, en lugar de hacer examen de conciencia, es inevitable contemplarlo, con el excéntrico John Gray, como a “esos cortesanos desaliñados que huyen de Versalles tras la Revolución Francesa, incapaces de procesar el vuelco que se ha producido”. Especialmente si el meollo del asunto se centra, al parecer, en el presunto analfabetismo, xenofobia y racismo de los votantes. Si es verdad que el pueblo es cada vez menos liberal, también lo es que existe un liberalismo ensimismado, representado por políticos aislados de las sociedades que gobiernan.

Pero democracia y liberalismo son dos caras de la misma moneda: el pueblo y los poderes intermedios forman un todo cohesionado que no pueden entenderse el uno sin el otro. Sin embargo, 2018 nos dejará una polarización más: la que enfrenta a iliberales contra quienes se empeñan en convertir al liberalismo en una ideología defensiva, en mera proclama de trinchera, sin más propuestas que la de mantener el statu quo.

“Posverdad” y “populismo” son las palabras que han orientado los análisis de los últimos años. Y en este 2018 avanzamos también en esta senda cuando aprendimos que Cambridge Analytica, la hidra de las campañas de Trump y del Brexit, se había nutrido con más de 87 millones de cuentas de la red social del angelical Zuckerberg. Es ahí donde de nuevo perdimos la inocencia: ¿Quién diablos controla a los controladores? Así que volvimos a las fake news, a la transformación de la conversación pública, la fragmentación del mundo común, la balcanización de la opinión…, a la colonización, en fin, de la lógica institucional por la cultura troll. Todo ello nos ha ayudado a entender la fragilidad de la democracia y cómo, en palabras de Margaret Atwood, “el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana”.

Nos percatamos entonces de que era necesario volver al Contrato Social, a una propuesta que articulase de nuevo algo parecido al interés general ante las fracturas por venir: baby boomers contra millennials, ciudades contra un hinterland cada vez más lejano, lo analógico contra lo digital, con las ruidosas redes sociales desautorizando a unos mediadores crepusculares que pierden su voluntad de dar cuenta del mundo. Y luego está (¡ay!) el triste ego herido de Occidente, que diluye su hegemonía frente a Asia y cuyo temor ante la deslocalización y la merma de competitividad sigue tronando en la famosa y exacta soflama de Trump: “Fui elegido para representar a los habitantes de Pittsburgh, no de París”.

La cuestión no concierne solo al declive de los valores occidentales y nuestra pérdida de influencia sobre el mundo, o que el planeta haya dejado de ser claramente eurocéntrico. Es inevitable preguntarse cómo será el orden global cuando la primera potencia mundial no se gobierne por un sistema democrático, cuando el reto esté en defender nuestros valores frente al desarrollismo autoritario de China, a sabiendas de que las democracias ya no son garantía de crecimiento, estabilidad y bienestar social. ¿Qué hacer, en definitiva, cuando se rompa del todo la virtuosa alianza entre democracia, bienestar y mercado?

La secuencia teórica la inició Thomas Piketty en 2016 con su libro El capital en el siglo XXI: las herramientas conceptuales presentes en el análisis de Marx siguen ahí, perdurando en el año de su 200º cumpleaños. Las lógicas de la dominación económica explican el conflicto político, pero el monstruo de hoy no es ya (o no solo) la fábrica textil explotadora de niños; el monstruo ahora es Goldman Sachs. La utopía marxista que nos dijo que el trabajo se emanciparía del capital ha devenido en su contrario: es el capital el que se ha emancipado del trabajo. Dejamos atrás un año en el que hemos dibujado los contornos de una era postrabajo, con su robotización y digitalización, y un gran dilema: ¿existe un modelo de bienestar para sociedades sin trabajo?

Porque si algo nos ha enseñado 2018 es que esa alternativa no pasa exclusivamente por situar la desigualdad en el centro del análisis político. La voz de los de abajo ha llegado al corazón acústico del sistema para señalar que su juego espacial ya no discrimina entre el centro y los márgenes, sino entre los que permanecen dentro y los expulsados: los que se quedan atrás.

La palabra “desigualdad” no capta la radicalidad de ese movimiento tectónico. No se trata de un sistema atrofiado que orilla a los perdedores en la marginalidad; hablamos más bien de unas lógicas de exclusión que sacan del tablero a los pequeños asalariados: nuestros nuevos excluidos.

Quizá por eso la desigualdad no explica por sí sola la nueva sensibilidad populista. Demasiados temores y fantasías nos hablan de indignidad, de la sensación de no contar nada, de estar fuera. Es el lenguaje que nos acaban de mostrar los chalecos amarillos en Francia, el de unas vidas demediadas donde todas las formas de invisibilidad saltan de pronto con una estruendosa cólera: la nueva manifestación antipolítica expresada con violencia.

Es un camino arriesgado del que también nos advirtió Simone Weil, pues hemos olvidado que “estar arraigado es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana”. Porque se trata de un desarraigo “multiplicado por un millón”: es una casa, una frontera, un muro donde (de nuevo, siempre con Steinbeck) “grabar la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro”. Una identidad contestada desde todas sus posibles aristas nos conduce a buscar chivos expiatorios: migrantes, refugiados, esa otredad que sentimos como amenaza. Y lo más preocupante es ver que esos conflictos se gestan bajo propuestas populistas que tratan de reforzar nuestra identidad desde una idea reaccionaria y esencialista de lo que somos.

El año 2018 nos ha situado en esa encrucijada, y hemos de dilucidar cómo contestar el avance continental de unas fuerzas ultras que amenazan con ocupar el bastión de la Unión Europea cuando nuestros líderes efímeros nos abandonan: una Merkel en retirada, o un Macron asustadizo y silenciado tras los quebradizos muros de la otrora inexpugnable Quinta República.

Pero Europa, lo olvidamos, no es una mera realidad geográfica, sino el estado de ser de una sociedad cuyo carácter fue siempre descubridor, abierto al mundo, preparado para la batalla y la aventura. ¿Será posible perforar una grieta en esta incipiente descomposición trumpiana de Europa? Quizá debamos mirar a las recientes elecciones de medio mandato de nuestro socio americano, las primeras desde la elección de Trump. Frente a la retórica tóxica que quiebra las líneas rojas del debate civilizado, frente al avance del supremacismo y la rabia incontenida de una América que se dice olvidada, crece en el corazón del Partido Demócrata un lento movimiento de base que articula por fin una resistencia no violenta.

El impulso llegó con el #MeToo y sus claroscuros se han consolidado en un 2018 que nos dejó un hito como el 8 de marzo, una renovada conversación global feminista y una palabra: interdependencia. No la olviden: su carga epistémica será esencial para entender este nuevo o viejo mundo que viene.

Máriam Martínez-Bascuñán/El País (España)

 

 
Papa Francisco: “Navidad significa acoger en la tierra las sorpresas del Cielo”

(Zenit– 19 dic. 2018). “Procuremos no mundanizar la Navidad, ni convertirla en una bonita fiesta tradicional pero centrada en nosotros y no en Jesús”, es el corazón del mensaje que ha dejado el Papa Francisco en la audiencia general, este miércoles, 19 de diciembre de 2018.

“Acoger las sorpresas” es el consejo que da el Santo Padre. “Navidad significa acoger en la tierra las sorpresas del Cielo y celebrar a un Dios que revoluciona nuestras lógicas humanas”.

En este sentido, Francisco exhorta a mirar a Jesús, quien da sentido a esta fiesta: “Vivir la Navidad es entender que la vida no se programa sino que se da, que no podemos vivir para nosotros mismos sino para Dios, que descendió hasta nosotros para ayudarnos”.

Dedicar tiempo al silencio

“Celebraremos la Navidad si sabemos dedicar tiempo al silencio, como hizo José” ha asegurado el Papa. Si le decimos a Dios “aquí estoy”, como María, también es fundamental en esta fiesta, según el Pontífice.

Salir de nosotros mismos “para ir al encuentro de Jesús, como los pastores” es el verdadero sentido de la celebración navideña. Por ello, celebraremos la Navidad, continúa el Papa, “si no nos dejamos cegar por el brillo de luces artificiales, de regalos y comidas, y en cambio ayudamos a alguien que pasa necesidad, porque Dios se hizo pobre en Navidad”.

Sorpresas

El Evangelio nos habla “de las sorpresas” y “cambios de vida” que trajo consigo aquella primera Navidad de la historia, cómo la llegada de Dios “cambió de manera radical los planes de María y José”, ha recordado el Santo Padre en el resumen de su catequesis en lengua española.

Y la sorpresa más grande llega en la noche de Navidad, cuando el Altísimo aparece como un niño pequeño, reconocido solo por unos sencillos pastores, ha explicado.

LA VOCACIÓN DE MARÍA. NUESTRA VOCACIÓN

— La Virgen, elegida desde la eternidad.

— Nuestra vocación. Correspondencia.

— Imitar a la Virgen en su espíritu de servicio a los demás.

I. Estamos ya muy próximos a la Navidad. Ahora va a cumplirse la profecía de Isaías: Una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y se llamará Emmanuel, que significa «Dios con nosotros»1.

El pueblo hebreo estaba familiarizado con las profecías que señalaban a la descendencia de Jacob, a través de David, como portadora de las promesas mesiánicas. Pero no podía imaginar tanto: el Mesías iba a ser el mismo Dios hecho hombre.

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer2. Y esta mujer, elegida y predestinada desde toda la eternidad para ser la Madre del Salvador, había consagrado a Dios su virginidad, renunciando al honor de contar entre su descendencia directa al Mesías. Desde la eternidad fui yo predestinada –dice el libro de los Proverbios, prefigurando ya a Nuestra Señora–, desde los orígenes, antes que la tierra fuese3.

Son muchos los frutos que podemos obtener en estos días con el trato y amor a la Virgen. Ella misma nos dice: Como vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. Yo soy la madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza.

Venid a mí cuantos deseáis y saciaos de mis frutos. Porque recordarme es más dulce que la miel, y poseerme, más rico que el panal de miel4.

María aparece como la Madre virginal del Mesías, que dará todo su amor a Jesús, con un corazón indiviso, como prototipo de la entrega que el Señor pedirá a muchos.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió al Arcángel Gabriel a Nazaret, donde vivía la Virgen. La piedad popular presenta a María recogida en oración mientras escucha, atentísima, el designio de Dios sobre Ella, su vocación: Dios te salve, llena de gracia, le dice el Ángel...5 como leemos en el Evangelio de la Misa de hoy.

Y la Virgen da su pleno asentimiento a la voluntad divina: Hágase en mí según tu palabra6. Desde ese momento acepta y comienza a realizar su vocación; consiste esta vocación en ser Madre de Dios y Madre de los hombres.

El centro de la humanidad, sin saberlo, se encuentra en la pequeña ciudad de Nazaret. Allí está la mujer más amada de Dios, Aquella que es también la más amada del mundo, la más invocada de todos los tiempos. En la intimidad de nuestro corazón, ahora, en nuestra oración personal, le decimos: ¡Madre! ¡Bendita eres entre todas las mujeres!

En función de su Maternidad, fue rodeada de todas las gracias y privilegios que la hicieron digna morada del Altísimo. Dios escogió a su Madre y puso en Ella todo su Amor y su Poder. No permitió que la rozara el pecado: ni el original, ni el personal. Fue concebida Inmaculada, sin mancha alguna. Y le concedió tantas gracias «que por debajo de Dios no se pudiera concebir mayor, y que nadie, fuera de Dios, pudiera alcanzar a comprender»7. Su dignidad es casi infinita.

Todos los privilegios y todas las gracias le fueron dadas para llevar a cabo su vocación. Como en toda persona, la vocación fue el momento central de su vida: Ella nació para ser Madre de Dios, escogida por la Trinidad Beatísima desde la eternidad.

También es Madre nuestra, y en estos días se lo queremos recordar muchas veces. Con una oración antigua, que hacemos nuestra, le podemos decir nosotros: Acuérdate, Virgen Madre de Dios, cuando estés delante del Señor, de decirle cosas buenas de mí.

II. La vocación es también en cada uno de nosotros el punto central de nuestra vida. El eje sobre el que se organiza todo lo demás. Todo o casi todo depende de conocer y cumplir aquello que Dios nos pide.

Seguir y amar la propia vocación es lo más importante y lo más alegre de la vida. Pero a pesar de que la vocación es la llave que abre las puertas de la felicidad verdadera, hay quienes no quieren conocerla, prefieren hacer su propia voluntad en vez de la Voluntad de Dios, quedarse en una ignorancia culpable en vez de buscar con toda sinceridad el camino en que serán felices, alcanzarán con seguridad el Cielo y harán felices a otros muchos.

El Señor hace llamamientos particulares: también hoy. Nos necesita. Además, a todos nos llama con una vocación santa: una invitación a seguirle en una vida nueva cuyo secreto Él posee: si alguno quiere venir en pos de mí...8. Todos hemos recibido por el Bautismo una vocación para buscar a Dios en plenitud de amor. «Porque no es la vida corriente y ordinaria, la que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y sin relieve. Es, precisamente en esas circunstancias, donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos.

»Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar –en el lugar donde estamos– su misión divina.

»Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad»

La llamada del Señor a una mayor entrega nos urge, entre otras razones, porque la mies es mucha y los operarios pocos10. Y hay mieses que se pierden cada día porque no hay quien las recoja.

Hágase en mí según tu palabra, dice la Virgen11. Y la contemplamos radiante de alegría. Nosotros, mientras hacemos nuestra oración, nos podemos preguntar: ¿Busco a Dios en mi trabajo o en mi estudio, en mi familia, en la calle... en todo? ¿Soy audaz en el apostolado? ¿Quiere el Señor algo más de mí?

III. Ante la Voluntad de Dios, la Virgen tiene una sola respuesta: amarla. Al proclamarse la esclava del Señor, acepta sus designios sin limitación alguna. En la antigüedad, cuando está plenamente vigente la esclavitud, se valora en toda su fuerza y profundidad esta expresión de María. El esclavo, se puede decir, no tenía voluntad propia, ni otro querer fuera del de su amo. La Virgen acepta con suma alegría no tener otro querer que el de su Amo y Señor. Se entrega al Señor sin limitación alguna, sin poner condiciones.

Imitando a la Virgen, no queramos tener otra voluntad y otros planes sino los de Dios. Y esto en cosas trascendentales para nosotros (en nuestra propia vocación) y en las pequeñas cosas ordinarias de nuestro trabajo, familia, relaciones sociales.

Uno de los misterios del Adviento es el que contemplamos como segundo misterio de gozo del Santo Rosario: la Visitación. Pero vamos a fijarnos en un aspecto concreto del servicio a los demás que lleva consigo la vocación: el orden de la caridad.

Esta delicada visita de nuestra Madre a su prima Santa Isabel es también una manifestación del orden de la caridad. Amor a todos, porque todos son o pueden ser hijos de Dios, hermanos nuestros. Pero amor, en primer término, a los que están más cerca, a aquellos con quienes nos unen especiales lazos: nuestra familia. Ese orden ha de manifestarse también con obras, no solo con el afecto. Pensemos ahora en el trato con nuestra familia, en las mil oportunidades que nos brinda de ejercitar, de un modo natural, la caridad, el espíritu de servicio.

Queremos vivir estos días de Adviento con el mismo espíritu de servicio con que los vivió nuestra Madre. Apoyados en la entrega humilde de María, vamos a pedirle como buenos hijos que nos ayude para que, cuando el Señor venga, encuentre nuestro corazón dispuesto y sin reservas, dócil a sus mandatos, a sus consejos, a sus sugerencias.

«Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia»12.

1 Primera lectura de la Misa, Is 7, 14. — 2 Gal 4, 4. — 3 Prov 8, 23-31. — 4 Eclo 24, 23-24. — 5 Lc 1, 28-33. — 6 Lc 1, 38. — 7 Pío XI, Bula Ineffabilis Deus. — 8 Mt 16, 24. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 110. — 10 Cfr. Mt 9, 37. — 11 Lc 1, 38. — 12 San Josemaría Escrivá, o. c., 174.

“Nuestra tendencia al egoísmo no muere”

No pongas tu “yo” en tu salud, en tu nombre, en tu carrera, en tu ocupación, en cada paso que das... ¡Qué cosa tan molesta! Parece que te has olvidado de que “tú” no tienes nada, todo es de El. Cuando a lo largo del día te sientas –quizá sin motivo– humillado; cuando pienses que tu criterio debería prevalecer; cuando percibas que en cada instante borbota tu “yo”, lo tuyo, lo tuyo, lo tuyo..., convéncete de que estás matando el tiempo, y de que estás necesitando que “maten” tu egoísmo. (Forja, 1050).

Conviene que dejemos que el Señor se meta en nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de acudir a Jesús: para que El nos haga verdaderamente libres y de esa forma podamos servir a Dios y a todos los hombres. (...)

Estemos precavidos, entonces, porque nuestra tendencia al egoísmo no muere, y la tentación puede insinuarse de muchas maneras. Dios exige que, al obedecer, pongamos en ejercicio la fe, pues su voluntad no se manifiesta con bombo y platillo. A veces el Señor sugiere su querer como en voz baja, allá en el fondo de la conciencia: y es necesario escuchar atentos, para distinguir esa voz y serle fieles. (Es Cristo que pasa, 17).

http://www.ideasclaras.org

 

 
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Créditos: Eylen Jalilíe