Matriz Histórica
Del Gremio De La Prensa
Miércoles, 14 noviembre 2018


La agenda del bicentenario

El presidente Martín Vizcarra ha lanzado desde Ayacucho la Agenda del Bicentenario. Lo ha hecho en una ciudad, donde además del bicentenario de la independencia nacional el 28 de julio de 2021, debe celebrarse el bicentenario de la Batalla de Ayacucho el 9 de diciembre de 2024.

Ambas fechas son importantes en la historia del Perú, pero la segunda tiene trascendencia mayor, ya que marca el fin del dominio del imperio español en América Latina, garantizando a la vez, la independencia de las nuevas repúblicas que surgieron en el vasto continente.

Son 200 años. A la gesta de la independencia, el Libertador Simón Bolívar, la calificó en su momento, “que por su esencia es la más justa, y por sus resultados la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos antiguos y modernos”. El gran sueño del Libertador de hacer una sola nación, no se concretó y queda pendiente para las nuevas generaciones.

En lugar de unirnos nos fragmentamos. En lugar de construir la paz, nos enfrascamos en guerras fratricidas. Terminada la independencia, el continente fue ingobernable. Y no sólo el Perú, sino todas las nacientes naciones, pasaron por una etapa de tiranías, ejercidas, paradójicamente, por quienes lucharon por darles la libertad.

Como todo parto en la historia, el nacimiento del Perú, como estado nación, fue doloroso. La república inicial, ese periodo anárquico, que siguió a la retirada de Bolívar, fue una etapa dura, con la economía prácticamente paralizada y el país empobrecido.

Ninguna de las otras repúblicas sudamericanas hizo tanto gasto para lograr su independencia como el Perú. Sin recursos, el presupuesto siguió sustentándose en el oprobio de esquilmar a los que menos tenían: la población indígena, porque el tributo a los indios se siguió cobrando hasta la mitad del siglo XIX.

Al cumplir el primer centenario, luego de haber sido derrotado y mutilado en el sur, el Perú seguía siendo, en gran parte, el mismo que surgió en la tercera década del siglo XIX. Era todavía un proyecto de nación. Jorge Basadre, el gran historiador de la República, señaló en 1931, que “el verdadero Perú es todavía un problema” pero además, “es aún una posibilidad”. “Problema es, en efecto y por desgracia el Perú; pero también felizmente, posibilidad”

Justamente, no había resuelto uno de los grandes problemas, que lo señaló con precisión José Carlos Mariátegui, tres años antes: el problema del indio, que no era otra cosa que el problema de la tierra. Tuvo que esperarse otros 50 años, para que se resuelva, pese a las críticas y odios que despertó.

Son doscientos años de república. Ha conocido el Perú momentos de gloria, aunque escasos, y grandes frustraciones. Muchos han calificado que somos el país de las oportunidades perdidas, que siempre dejó pasar el tren de la historia.

Las épocas de bonanza se perdieron en despilfarro y corrupción. No tuvo el Perú una clase gobernante que tenga un proyecto de país. Con ironía, Alfredo Bryce Echenique, en una de sus novelas, reproduce el pensamiento de esa oligarquía que gobernó, que soñaba vender este país tan grande y feo y comprarse uno más chico y bonito cerca a Paris.

Pero el Perú ha cambiado más en los últimos 50 años, más que en el siglo y medio anterior. La modernidad ha llegado a casi todas las ciudades capitales de departamento y provincia, que hasta mediados del siglo XX vivían ignorados. El gamonalismo ha desaparecido y nadie se jacta hoy de ser hacendado. Una clase media, surgida de la gran movilidad social, producto de la educación superior, se ha constituido en una perspectiva para el futuro.

Sigue los males heredados, como la corrupción y se han perdido valores. Pero pese a todo esto, hay en el fondo, una reserva moral que está saliendo y mostrándose cada vez con mayor incidencia.

Es posible entonces, que el sueño de Basadre se haga realidad. Dejar de ser un problema y convertirnos en esa gran posibilidad de ser una nación, donde en lugar de un futuro impreciso, exista la factibilidad para que nuestros hijos, los hijos de todos, vivan mejor que nosotros.

Ese Perú es posible. Dejar de ser un proyecto y llegar a ser una obra construida con el esfuerzo común. Aprovechando la gran diversidad, en todos los aspectos, desde la geografía hasta la cultura. Debemos ser orgullosos de lo que somos, como decía Arguedas, la nación de todas las sangres, donde no nos discriminemos por el color de la piel o idioma. Y por supuesto, se respeten los derechos humanos, para que podamos disfrutar de la libertad.

Juan Camborda Ledesma

 
Perversos

No conozco ningún estudio que explique o cuando menos examine los periodos en que las sociedades europeas enloquecieron de odio y estupidez. El arte y la literatura, en cambio, los han tratado con altura. Recuerdo cómo me impresionaron aquellos pastores calvinistas o presbiterianos o vaya usted a saber qué, de las películas de Dreyer y de Bergman. Cómo se hacía evidente que el deseo de castigar y torturar a sus semejantes era mucho mayor que el de ayudarles a alcanzar el sosiego y la lucidez. Esa pulsión sádica ataviada de bondad religiosa era, finalmente, un método perverso para mantener el poder como tiranos legales de las almas y los cuerpos de aquellos infelices que creían en la Reforma luterana.

No es preciso hablar de otras sectas cristianas que han practicado la abducción y opresión de las almas pías, tanto en tiempos antiguos como modernos. El Tercer Reich no fue sino un momento extremo de esa perversión del poder religioso, en este caso con la nación y la raza como divinidades. Es un poder retorcido, pero vestido de blanco, que aún tortura entre nosotros y cuyo auge en la Europa parafascista (que sigue creciendo) es la mayor amenaza contra la libertad y la razón que dejamos a nuestros herederos.

Pero hay otras formas sutiles de aspirar al poder. Son esos fanáticos codiciosos que se esconden tras decenas de grupos que exigen unos privilegios a los que las personas así llamadas “normales” no tienen derecho. De nuevo es el perverso proceso que hace de las supuestas víctimas unos verdugos cubiertos con el ropaje de la santidad y el pastoreo. Contra la infección fascista y sus sacristanes, contra el mito de nación e identidad, la única medicina es administrar inteligencia ilustrada. Pero sólo a los individuos.

Félix de Azúa. El País. (España).

 
Pandemia

A principios de marzo de 1918 se detectaron los primeros casos de una pandemia que cambió el mundo. Durante los dos años siguientes, en tres oleadas sucesivas, sucumbieron a la denominada gripe española entre cincuenta y cien millones de personas, la mayoría en un lapso de tres meses. El único continente que se salvó fue la Antártida; se registraron casos desde la septentrional Alaska hasta el recóndito archipiélago de Samoa. El virus aprovechó la coyuntura perfecta para mutar a su variante más aniquiladora durante el choque entre imperios, convertido en el escenario ideal para un contagio masivo. Aunque la gripe era una conocida visitante cuya sintomatología describió Hipócrates ya en el 412 antes de Cristo, peligrosa por lo general solo para los grupos de riesgo, el subtipo de 1918 pilló a la ciencia de entonces desprevenida, tanto por la rapidez de su difusión como por su elevada mortandad. Según una de las teorías hoy más aceptadas, la calamidad brotó en el corazón de Estados Unidos y luego, desde la Costa Este, viajó a bordo de un barco militar hasta las trincheras del viejo continente. Vía Francia, un ejército de microorganismos de una diezmilésima de milímetro, como si se trataran de los destructivos agentes de una guerra biológica, se propagó por el aire y acabó por infectar a un tercio de la población mundial, cuyo número se vio mermado finalmente en un porcentaje de entre el 2,5% y el 5%. En el futuro, advierte la OMS, azotará otra pandemia gripal, pues es inevitable que así sea en nuestro mundo interconectado, de ciudades superpobladas unidas por tierra, mar y aire. El virus no necesita un gran conflicto bélico para propagarse a gran escala; basta con que un portador se suba a un avión y, en menos de 20 horas, recorra la distancia entre Singapur y Newark o entre Auckland y Doha.

Durante mucho tiempo, los estragos de la gran gripe, la mayor causante de bajas en el beligerante siglo XX, fueron relegados a una nota a pie de página en el relato de la historia reciente, a pesar de estar detrás de algunos giros argumentales decisivos. En El jinete pálido, ensayo de la periodista científica Laura Spinney en el que recopila todo cuanto se sabe sobre “la madre de todas las pandemias”, se señalan varias de esas carambolas: el endurecimiento de las cláusulas del Tratado de Versalles, semilla de la siguiente guerra mundial, debido a la convalecencia del presidente estadounidense; el liderazgo reforzado de Gandhi en la India ante el descontento por la gestión británica de la gripe; la ascensión de Stalin en el escalafón burocrático tras la muerte de un alto cargo atacado por el virus o el origen de la fortuna de Donald Trump, cuya familia invirtió el dinero del seguro de vida del abuelo, también víctima de la enfermedad, en una inmobiliaria.

Gripe y guerra se aliaron, codo con codo, para cebarse especialmente con los jóvenes, que no eran inmunes ni al virus de la primera ni a la idea romántica de la segunda. Sobre la ilusión embriagadora de los soldados de esta contienda, crédulos ante el sueño de un futuro mejor, escribió Stefan Zweig en El mundo de ayer, su autobiografía póstuma. La buena salud depende de la memoria inmunitaria, que permite al cuerpo dar una respuesta mejor cuando se enfrenta de nuevo a un mismo patógeno. Los soldados de 1914, sin anticuerpos contra el belicismo después de casi medio siglo de paz, contagiados del ambiente festivo que reinaba en las calles, cantaban alegres en los trenes que los conducían al matadero. Al temor hacia los extranjeros, que Zweig consideró la primera epidemia de la posguerra, el escritor vienés contrapuso el humanismo paneuropeo y el ideal cosmopolita. De hecho, que la gripe pasara a conocerse como “española” se debe a ese viejo y arraigado prejuicio de que quien viene de fuera es el portador del mal. En la prensa de España, país neutral, se debatieron abiertamente los pormenores de la alerta sanitaria; de ahí que, más allá de sus fronteras, donde los periódicos sí estaban sujetos a la censura, erróneamente se creyera que el paciente cero provenía de la península Ibérica. En nuestro país, en cambio, se le dio el sobrenombre de “el soldado de Nápoles”, entre otros.

En el arte y la literatura, por ejemplo, se ha asignado a la gran gripe un papel casi inexistente; aparece solo entre bambalinas, lo cual también favoreció la amnesia que durante décadas rodeó lo ocurrido en 1918. La memoria colectiva se construye con patrones narrativos esquemáticos, y una pandemia encaja mal en ese modelo de representación. El virus no tiene rostro; viaja de polizón sin que se lo pueda detectar, sus zarpazos son aleatorios. La guerra, por el contrario, se acomoda mejor a la estructura narrativa clásica. Las plagas, escribió en La peste Albert Camus, no están hechas a la medida del hombre, que las entiende como una pesadilla que no tardará en pasar. La gripe española no se deslizó en las grandes novelas, sino en la intimidad de las cartas y de los diarios personales: en El cuaderno gris, de Josep Pla, leemos que las familias se dividían para asistir a funerales simultáneos y que la muerte se había convertido en una “rutina administrativa”, o por una carta de John Dos Passos, que contrajo la enfermedad cruzando el Atlántico en un transporte militar, sabemos de la agonía de los accesos de tos, cuya virulencia era capaz de romper las costillas y la musculatura del estómago.

Hoy, la pandemia se ha convertido en una potente metáfora de nuestra cultura viral, en la que las emociones, las noticias falsas y los prejuicios circulan por las plataformas digitales siguiendo un patrón epidemiológico. Un virus, según la definición del premio Nobel Peter Medawar, es un retazo de malas noticias envuelto en proteína. La primera víctima de la cultura viral, al igual que en la guerra, es la verdad. Hace más de medio siglo, Victor Klemperer, en su diario sobre el uso perverso del lenguaje por parte de los nazis, alertaba de las incontables posibilidades de mezclar mentiras en un átomo de verdad; hoy, Timothy Snyder señala que la posverdad es el prefascismo. Si se desdibujan las fronteras entre hecho y ficción, entre verdadero y falso, en realidad no existe ninguna verdad y, por lo tanto, no hay lugar para la confianza.

Un análisis sobre la difusión de noticias en la Red realizado por el MIT demuestra que una fake new tiene un 70% más de probabilidades de ser retuiteada que una noticia fiable, especialmente si es de contenido político, y que no son los bots los que marcan esta tendencia, sino usuarios reales. Lo más parecido a una vacuna universal para esto pasa por un periodismo responsable que fortalezca nuestro sistema inmunitario contra informaciones sesgadas y datos manipulados, siempre que entendamos el periodismo como el arte de identificar y neutralizar una mentira. Algunos gobernantes y candidatos se han tomado muy en serio la voluntad de quebrar esa línea de defensa y les ha funcionado. Otros replican el método, sirviéndose del caldo de cultivo del descontento. Los científicos de 1918 no disponían de microscopios con una potencia óptica capaz de detectar un virus; hoy tenemos herramientas, como consumidores de información, para frenar la pandemia de las mentiras.

Marta Rebón ( El País-España).

 
Universidad Bausate y Meza: Premian a ganadores de concurso de fotoperiodismo

Como parte de las celebraciones por el X Aniversario de la Universidad Jaime Bausate y Meza, el jurado calificador del Concurso Anual de Fotoperiodismo 2018: "Lima, capital en crisis urbana"; Richard Morris, presidente de la ANP-Lima; José LLerena, miembro de la Asociación de Reporteros Gráficos del Perú y Alan Ramírez, reportero gráfico del Diario El Trome; evaluaron las fotografías de los alumnos participantes. Tras su deliberación por unanimidad declararon ganadores a los siguientes alumnos:

Primer Puesto: Guilson Efraín León Illescas

Segundo Puesto: Claudia Marisol Rosales Álvarez

Tercer Puesto: William Saúl Carhuachin Yzquierdo

En la mesa de honor de la ceremonia de premiación estuvieron presentes el vicerrector académico, Dr. José García Sosaya; el director de la Escuela Profesional de Periodismo, Mg. Edgar Dávila Chota y el coordinador académico, Lic. Rómulo Luján Roque; junto a los miembros del jurado calificador.

A los ganadores se les hizo entrega de un diploma de honor y los premios establecidos en las bases.

 
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