| La tentación de la primicia a toda costa |
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En la búsqueda de una buena historia algunos confundieron literatura con periodismo e incluyeron elementos de ficción en sus reportajes o directamente los inventaron por completo. Uno de los casos más famosos a nivel mundial de los últimos tiempos fue el de Jayson Blair, de The New York Times. Blair había llegado al diario en 1998 para una pasantía de verano. Al año siguiente se reincorporó como periodista después de anunciar falsamente que había culminado sus estudios universitarios. A pesar de constantes cuestionamientos a su desempeño, el reportero ascendió de puesto y en 2002 se le asignó el sonado caso del francotirador de Washington, que acaparó las primeras planas de todos los diarios. En sus extensos artículos, por ejemplo, Blair inventó citas de fuentes policiales que fueron desmentidas por las autoridades, pero, además, plagió datos y declaraciones de otros periódicos regionales o agencias de noticias y describió en un artículo su visita a un hospital con heridos de la guerra en Irak cuando en realidad lo que había hecho era entrevistar a un soldado por teléfono. Nunca fue a Bagdad Algo similar ocurrió con el periodista argentino Jorge Zicolillo, quien en 2003 cubrió la guerra en Irak para la revista TXT, pero escribía sus artículos desde su casa en Buenos Aires. Zicolillo decía estar en Bagdad, residir en el hotel Palestina y aseguraba trabajar para los medios franceses Le Monde y L’Express. Sin embargo, la negativa del periodista a enviar fotos y las evasivas obtenidas ante la solicitud de su ubicación despertaron las sospechas de la revista. Poco después, TXT pidió disculpas a sus lectores en una edición posterior bajo el título “La cobertura que no fue” y demandó al periodista por estafa. La revista aseguró, además ,haber comprobado que ninguna de las dos publicaciones francesas con las que supuestamente colaboraba Zicolillo lo conocía y que no había registros en migraciones de que éste había dejado el país. La entrevista no era de él La supuesta colaboración con prestigiosos medios extranjeros como Le Monde y The National Geographic le sirvió también de carta de presentación a Nahuel Maciel. Este reportero argentino que se describió como un indio mapuche llegó a fines del año 1991 al diario El Cronista Comercial ofreciendo una entrevista al escritor peruano Mario Vargas Llosa que presuntamente había realizado por fax. Después de chequear sus antecedentes, los responsables del periódico decidieron publicar el reportaje. De ese modo, el suplemento cultural de El Cronista llegó a contar con entrevistas a Gabriel García Márquez, Ray Bradbury, Umberto Eco y Juan Carlos Onetti, pero todos estos artículos fueron apócrifos. O bien inventados o bien plagiados. La mentira de Maciel comenzó a develarse cuando el director del diario comprobó que la entrevista a Onetti había sido tomada de un libro de la periodista uruguaya María Esther Gillio. Un Pulitzer inmerecido A Janet Cooke, su artículo “El mundo de Jimmy”, sobre un niño de ocho años adicto a la heroína le valió incluso un premio Pulitzer. La periodista de The Washington Post publicó esta historia en septiembre de 1980 y conmocionó a la opinión pública en Estados Unidos. En su nota, Cooke relataba cómo el pequeño Jimmy recibía incluso inyecciones de heroína de su padrastro. La policía de Washington llegó a buscar al niño por todas partes, pero sin éxito, ya que Jimmy nunca existió, fue todo una invención de Cooke, que se vio obligada a devolver el premio que había recibido. Ben Bradlee, el legendario director del Washington Post, dijo en su autobiografía que Janet fue “el sueño del periódico”. Una negra con inigualables credenciales académicas, políglota, vital, elegante y, por si fuera poco, gran escritora. A mediados de los setenta, el Washington Post estaba rezagado en su meta de aumentar el porcentaje femenino y de minorías raciales en la redacción y ella sola llenaba dos huecos. Una bendición. “¡Contratémosla antes de que la ganen el Times o Newsday!”, fue la consigna entre los mandos que la entrevistaron. En sus primeros ocho meses en el Post firmó 55 notas, hazaña no menor. Cuando su falsificación fue descubierta apareció un rosario de mentiras: no se había graduado en Vassar, no había estudiado en La Sorbona, no hablaba más que inglés, lo único cierto de su currículo es que era negra y que escribía muy bien. Su dramático artículo sobre el presunto niño heroinómano sí merecía el Pulitzer... pero de literatura. Tiempo después de que la verdad quedara al descubierto Janet se casó con un diplomático y se mudó a París. En 1996 vendió su historia a GQ y los derechos al cine. Estos periodistas no pudieron dejar pasar la tentación de aprovechar la vitrina de los medios para escribir no sobre lo que vieron, sino sobre lo que les habría gustado ver; para pasar de ser testigos a protagonistas de la historia, con malas artes. (DPA)
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Se non è vero, è ben trovato (Si no es cierto, al menos está bien contado). La idea detrás de este viejo proverbio italiano probablemente rondó las cabezas de muchos periodistas y editores a lo largo del tiempo. La necesidad de lograr una primicia, una nota reveladora e incluso de llevarse un premio o el reconocimiento ajeno llevó a algunos profesionales de la comunicación a aplicarla.